Venimos de días intensos. De dar, de recibir, de reencontrarnos… y también, a veces, de sostener más de lo que podemos.
Y ahora que todo se va recolocando, me doy cuenta de que no empiezo el año con grandes propósitos ni objetivos.
Pero sí intuyo que este año voy a subir montañas, atravesaré lagos nadando y sobrevolaré valles.
Abrazaré lo que venga. Y aunque no lo entienda, lo recibiré con gratitud.
Sé que voy a recoger frutos, aun no habiéndolos sembrado yo. Y lo voy a agradecer de corazón.
Sé que voy a sembrar para que otros recojan, sin importarme quién será. Y voy a agradecerme el trabajo y el esfuerzo.
No empiezo el año prometiéndome nada. Solo quiero recordarme volver al amor y al agradecimiento en cada paso que dé y cada vez que me pierda.
Porque sé que el amor y el agradecimiento mueven montañas. Y transforman conciencias.
Y yo quiero transformar(me).
En estas semanas he estado leyendo un libro que me apetecía mucho: Constelar la vida, de Joan Garriga.
Me gusta cómo explica las constelaciones familiares desde un lugar sencillo y profundo a la vez.
No como algo extraño o esotérico, sino como una forma de mirar la vida.
Una mirada que tiene en cuenta que no vivimos aislados, que formamos parte de sistemas —familiares y relacionales— que nos influyen más de lo que solemos reconocer.
Como él dice, puede resultar incómodo aceptar hasta qué punto lo sistémico atraviesa nuestra vida.
Pero la realidad es que lo que vivimos, lo que nos pesa y también lo que nos impulsa muchas veces no empieza solo en nosotros.
Yo lo he experimentado en mí, y también lo veo a diario en consulta.
Cuando alguien llega con una dificultad y puede mirarla dentro de su sistema familiar, la persona respira con más facilidad y su vida vuelve a sentirse un poco más habitable.
Te quiero compartir un cuento que sale en el libro. Ya lo había leído en redes, pero de forma fugaz.
Al encontrarlo ahora entre sus páginas, lo he leído de otro modo. Entrando un poco mas.
Me ha conectado con una actitud y una forma de estar que deseo para mí y para ti en este 2026.
El amor a la realidad.
Este cuento nos habla de un anciano labrador, muy pobre, al que la vida le trajo un hermoso caballo salvaje.
Pronto, la noticia de aquel fantástico regalo corrió por la aldea, también muy pobre, y los vecinos se acercaron a felicitar al anciano por su buena suerte.
Pero él respondió: ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? !Quién sabe!
Y todos se quedaron perplejos por su respuesta.
Al cabo de poco, el vigoroso caballo logró saltar la valla y regresó a las montañas, y los vecinos acudieron de nuevo a la casa del labrador, esta vez para ofrecerle sus condolencias por aquella desgracia.
Pero este replicó: ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? !Quién sabe!
Y volvieron a quedar perplejos.
Unas semanas más tarde, el caballo regresó de las montañas llevando consigo a toda una manada, de modo que el anciano labrador se volvió rico de la noche a la mañana.
«¿Buena suerte? ¿Mala suerte? !Quién sabe! «, volvió a responder cuando acudieron los vecinos, que empezaban a dudar de que el anciano estuviera en sus cabales.
Al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar al caballo líder de la manada y este lo derribó, rompiéndose una pierna.
De nuevo acudieron los vecinos a lamentar la mala suerte del anciano, quien repitió: ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? !Quién sabe!
Una semanas más tarde llegaron los reclutadores del ejército, pues se habían declarado una guerra y se llevaron a todos los muchachos en buenas condiciones, excepto al hijo del anciano.
Los vecinos acudieron a felicitar al anciano por su buena suerte, a lo que respondió, una vez más: ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? !Quién sabe!
El anciano es el sabio que ha entendido el significado de amar la realidad: aceptar todas las circunstancias de la vida, asintiendo a todo, incluso al sufrimiento y la pérdida.
Amar la realidad es «decir sí a la vida», respetando los hechos tal como fueron y tal como se desarrollan momento a momento.
Este es el principio fundamental de las constelaciones familiares: integrar esa realidad que duele, para generar bienestar.
Llegar a este equilibrio existencial solo se aprende experiencia tras experiencia. Y tal vez hagan falta muchas vidas para desarrollar esta sabiduría.
Mientras tanto, cada vivencia —agradable o no—puede convertirse en una maestra en este arte de vivir.
Y las constelaciones familiares son un gran recurso para integrar la vida, ayudando a mirarla, comprenderla y darle sentido.
Si sientes que algo de todo esto te interpela, podemos mirarlo juntos.