&110 ¿Cómo vivirías si no tuvieras que demostrar nada a nadie?
“Va haciendo las cosas bastante bien, aunque todavía tiene que mejorar bastante.” “Estoy muy contento con el niño, pero aún tiene que hacer las cosas mejor.”
Hace unos años encontré en la buhardilla de casa de mis padres unas libretas de la escuela. En ellas, estas dos frases de mi profesor de 1978. Yo tenía 7 años.
Al leerlas, me quedé clavado en el “pero” y el “aunque”. No sabía si quedarme con la primera parte de la frase o con la segunda.
Porque el «pero» y «aunque» rebaja, y casi desdibuja lo que le precede. Tan transparente a los sentidos que es imposible darse cuenta.
Mi debate interno se balanceaba entre la pertenencia y la exigencia, como si el mensaje escondiera una contradicción:
– Te reconozco, pero aún no es suficiente. Te acepto, a condición de que sigas demostrando.
De niño sentí reconocimiento, sí, pero también que “no era suficiente todavía”.
Ese mensaje, aparentemente inocente – y constante en el tiempo – puede convertirse en una creencia que se expanda a otros ámbitos de la vida:
En lo personal → Autoexigencia constante. De que siempre hay un “más” por conseguir: reconocimiento, afecto, logros.
En lo profesional → Dificultad para poner límites, miedo a no estar a la altura. La necesidad de demostrar permanentemente el propio valor.
En la relación con el dinero → Confundir dignidad con ingresos, y creer que “cuanto más gano, más valgo”. Perder de vista que el dinero es energía que circula, no identidad que define.
Los mensajes de las libretas llegaron para recordarme lo que ya había trabajado y sanado unos años atrás:
✨ Que soy suficiente.
✨ Que tengo suficiente.
Este viernes, en el correo inspiracional, voy a reflexionar sobre cómo, a través de los movimientos sistémicos, es posible transformar estos relatos internos y creencias limitantes.
Y así poder conectar también con esta verdad incuestionable por el hecho de existir: Que tú eres y tienes suficiente, sin la tensión permanente en el cuerpo, en la mente y en el alma.
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¿Qué pesa más en ti, lo que ya haces bien o lo que aún te falta?
¿Alguna vez has sentido que por mucho que haces, nunca es suficiente?
Estos mensajes «inocentes» «invisibles» «inconscientes» son el reflejo de una sociedad, época, educación y familia con un mandato transmitido de generación en generación: «Nunca es suficiente. Siempre hay que trabajar más».
Yo doy su lugar al profesor y a su forma de educar —con gratitud, porque hizo lo mejor que sabía en aquel tiempo— y a la vez suelto la carga. Reconozco que no necesito demostrar nada para pertenecer, y que lo que hago es suficiente.
Recuerda: No es lo que te pasa, sino que haces con lo que te pasa.

